lunes, 9 de mayo de 2016

La Lagartija perezosa




Érase una vez una lagartija que vivía en un lindo jardín, lleno de cactus de flores de mil colores, plantas, árboles, y sobretodo piedras y rocas, en las cuales le encantaba pasar horas a tomar el sol.

De tanto dorarse, su delgado y largo cuerpo se había vuelto de color pardo, aunque a veces, cuando llovía, lo que ocurría muy pocas veces, ese color cambiaba a tonos más verdosos. Su cola, más larga que su cuerpo, también estaba recubierta de escamas castañas, que de vez en cuando, al reflejarse el sol en ellas, producían preciosos destellos plateados.

Fayna, así se llamaba esa bonita lagartija. Tenía el mismo nombre que una antigua reina de Lanzarote.

Fayna tenía muchos amigos. Solían acompañarla a tomar el sol y hablaban de sus cosas, de lo bonitos que eran los cactus y de lo mucho que picaban algunos, de lo agradable que resultaba descansar en esas piedras negras y rojizas, de lo mucho que calentaba el sol a ciertas horas del día, y del frío que hacía por las noches a veces. Sin embargo, en ocasiones, Fayna estaba sola, pero eso no le importaba, más bien el contrario, pues así podía reposar sin tener que estar pendiente de todas esas conversaciones que la cansaban. Lo único que Fayna quería era poder broncear su piel un poco más.

A pesar de ser un lugar seco, en el jardín también vivía Drago, un árbol centenario que no dejaba de crecer. Un día, mientras Fayna estaba, una vez más, tomando el sol sobre una puntiaguda roca volcánica, vio a su amiga Arminda pasar corriendo delante de ella.

    ¿Qué te pasa?, le preguntó. ¿Está persiguiéndote algún depredador?
    ¡No!, respondió Arminda. Tan sólo quiero subir al Drago lo más pronto posible.
    ¿Subir a ese árbol? ¿Por qué? ¡Si lo único que hace es dar sombra!, dijo Fayna con desprecio.
    Sí lo sé, pero me han dicho que desde arriba se puede ver toda la isla. ¡Es como tocar el cielo!, contestó Arminda.
    ¿Y para qué quieres ver toda la isla?, preguntó Fayna con bastante indiferencia hacia su amiga.
    ¡Se ve que es precioso!, replicó Arminda entusiasta. Además, al estar más cerca del cielo, ¡se está más cerca del sol! ¡Y hay mucha comida!
    ¿Y para qué quieres más comida?, si ya hay mucha aquí, indagó Fayna.
    No es por la comida, explicó Arminda, es por el viaje…
    Bueno, pues buen viaje entonces, se despidió Fayna con desinterés mientras recolocaba su fino cuerpo para que los rayos de su astro favorito pudiesen llegarle aún más.
    ¡Nos vemos!, exclamó Arminda entusiasmada.

Pasó un día. Pasaron dos. Pasaron tres. Al final del cuarto día, mientras Fayna volvía hacia su confortable hogar después de otro largo día durmiendo al sol, empezó a picarle la curiosidad y a preguntarse:

    ¿Qué sería de su buena amiga Arminda? ¿Habría llegado a lo alto del Drago ya? Quizás había decidido quedarse allí y, de ser así, ¿cuándo volvería a verla? ¿Sería ese lugar realmente todo lo bonito que le habían contado? A lo mejor valía la pena hacer el esfuerzo e intentarlo… pero claro, ahora que estaba sola, ¿cómo atreverse? Aunque también era verdad que Arminda había emprendido ese viaje completamente sola… ¿qué hacer? Además Drago crecía un poco más cada día, así que el viaje era cada vez más largo… en fin, ya era de noche y era hora de descansar tranquilamente. Pensaría en ello mañana.

El día siguiente, Fayna se levantó aún más tarde de lo habitual. Al pasar delante de Drago, miró sus enormes raíces y, poco a poco, levantó la cabeza, recorriendo con la mirada el tronco tan ancho de ese árbol gigantesco, hasta llegar a su exuberante follaje. En ese momento, apenada, Fayna no pudo hacer otra cosa que suspirar, como si acabara de regresar de un viaje muy cansado.

    Hoy, me lo voy a pensar, se dijo a si misma mientras se echaba en su piedra preferida durante la mañana.

El día siguiente, al pasar nuevamente delante de Drago, reflexionó:
    Hoy no es un día para emprender un viaje. Hay muchas nubes.

El día siguiente, en su escenario diario, imaginó lo que podría estar viendo ahora mismo Arminda, pero al tumbarse en su roca, dijo:
    Hoy el cielo no es tan azul, quizás mañana…


El día siguiente, recorriendo el mismo camino que de costumbre, meditó sobre su vida y, viendo que no había cumplido nada importante aparte de ese color ocre que envidaban muchos, concluyó que tenía que iniciar ese viaje que a tantos de sus amigos les había fascinado. De hecho, ella era la única del grupo ahora que no se había movido nunca de ese jardín. Ni siquiera había subido a la pared que lo delimitaba para ir a ver lo que había al otro lado. Siempre lo había considerado cansado e inútil, pues ella era feliz allí donde estaba. Arminda también había tardado en decidirse, por miedo sobre todo, pero finalmente lo había hecho… ¿qué sería de Arminda?... Fayna suspiró y cerró los ojos.



¿Cómo termina esta historia?
Tendréis que ser pacientes para descubrirlo.

Hay 3 finales diferentes. 
Durante 3 semanas a partir de la semana que viene, podréis disfrutar de un final nuevo. 
Al final, os preguntaré cual es el final que más os ha gustado.

1 comentario:

  1. Una historia muy interesante, muy ingenioso y original la idea de hacer tres finales.

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